Lectura de manifiesto por el 8M: relato en 1ª persona
El siguiente relato en 1ª persona fue leído por el grupo de Acomunidad en el acto por el 8M
Cristina Bedmar Moreno
Me llamo Cristina, soy de la capital de Sevilla y además de otros problemas, tengo una Tetralogía de Fallot. Con sólo veintiséis días de vida conocí más departamentos de un hospital de los que conocen muchas personas a lo largo de su vida.
La primera vez que salí a la calle tenía 4 meses, dispuesta a superar dificultades y luchar por todo aquello que me interesaba. Mi vida ya había sido mi primera gran victoria. Conforme iba creciendo y entendiendo, poco a poco me explicaban que no podía hacer todo lo que hacían otros niños. No todos los niños hacen lo que quieren, aunque puedan.
Tenía que descansar y debía tenerlo en cuenta para toda la vida. Mostraba poco interés y atención a las explicaciones.
Lo importante para mí, no era el tiempo que tardara en conseguir las cosas.
Un día fui con mis padres y mi hermano a pasar el día junto a un lago, desde pequeñita era muy cabezota y muy constante. No podía verlo sin intentarlo, como él dos, años mayor que yo, lograba subirse de un tirón a una alta montaña de piedrecitas que había junto al agua. Hacía la mitad, mis fuerzas me abandonaban y resbalaba hasta abajo. Lo intentaba una y otra vez, descansando lo justo para volver a subir. Subía tantas veces como fuera necesario para llegar a conseguirlo. En una de las ocasiones mi madre me miró y me vio sentada allí arriba del todo, de una forma muy natural, contenta y alegre. No recuerda exactamente cuantas veces subí y resbalé.
Con tres años tuve que ingresar, otra vez, para repetir el recorrido que ya realicé cuando era un bebé. Pero esta vez la operación era más complicada, mis padres se preocuparon mucho. No los defraudé y volví a demostrar las ganas que tenía de seguir con ellos.
Gracias a que los años anteriores había tenido muchos controles y medicación, mi recuperación fue rápida. Además, yo seguía siendo igual de cabezota para superar las dificultades y no abandonar.
Mi cardióloga siempre me tuvo prohibido hacer mucho deporte, pero como esa era mi asignatura favorita, nunca
accedía a quedarme sentada mirando como los demás hacían ejercicio y yo no. Lo hacía a pesar de las
advertencias. Los estudios me costaban muchas horas de comprensión y memorización. No dejaba de intentarlo, no aceptaba dejar los deberes sin terminar.
Terminé la educación secundaria y empecé un grado medio de gestión administrativa. Hoy, tengo 26 años, nunca me ha gustado ponerme barreras y como siempre digo: «Querer es poder, y quien quiere puede lograr todo lo que se propone».
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